A veces
la vida es magia. Y otras veces se convierte en un show entre bambalinas, como
un circo barato o una actuación callejera de dos yonkis pidiendo para comer.
Porque la magia se esfuma, y tal como vino, se va. Como el humo de ese
cigarrillo eternamente encendido, en suspenso esperando una mano que le agarre
con fuerza y unos labios que le besen hasta encenderle el alma. Como el café
frío encima de la mesa, esperando por alguien que nunca le hará suyo. A veces
la magia se esfuma y no hay forma de recuperarla. Por mucho que gritemos al
viento o lloremos esperando un milagro. Se va y tan sólo deja a su paso
oscuridad, lágrimas y sangre. Olor a herrumbre y un pequeño destello dorado
como recordatorio de que una vez pasó por aquí.
Se va
como los recuerdos que tuvimos algún día, o nunca jamás. Como esa sensación de
ser invencibles un domingo de madrugada, embriagados de melancolía y sonrisas
tristes lanzadas al aire. O a la pared. O directamente a la basura. Se va
igual que lo hace el color de una fotografía. Y las sonrisas que lucen en ella.
Parecen ajadas, lejanas, pertenecientes a otro mundo y a otra época.
Pero
cuando la magia vuelve... Todo se torna en color dorado, en tu banda sonora
favorita sonando en tu cabeza y en una sonrisa revoltosa aleteando en las
comisuras de tus labios. Todo se vuelve olor café y hierba mojada. Mariposas en
el estómago y la cabeza a miles de kilómetros del suelo. Todo se vuelve tan
perfecto que el miedo a que desaparezca de nuevo puede sobre todas las cosas,
aunque nada puede empañar ese fugaz instante de magia. Porque la magia de esta
vida está dentro de ti, y siempre puedes llamarla para que vuelva. O prueba con
una sonrisa, con un abrazo cálido, atráela hacia a ti como a un perro
abandonado y asustado. Y una vez entre en ti, no te olvides de mimarla, de
decirle que nunca, nunca jamás, dejarás que se marche sin avisar otra vez.
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