sábado, 28 de diciembre de 2013

Digamos que ya no te necesito.

Ya no planeo tu vida conmigo, vivo mi vida sin ti.

Si yo era una niña... ¿qué iba a saber yo del amor? ¿Qué iba a saber de pulsaciones aceleradas, de deseos, de castillos en el aire, de besos bajo las estrellas? ¿Qué iba a saber yo de medias naranjas, de agotadoras esperas, de noches efímeras? No sabía nada. Claro que no.

Pero ahora, ahora que pusiste hasta la última gota de tu sangre en conseguirlo, ahora no sé qué es el amor, pero ya sé qué es el desamor. Ahora sé que la persona a la que amas  puede hacerte daño, más daño del que nunca te atreverías a imaginar. Daño de ése que sólo pensarlo te hace estremecer. Esa persona que acalló a tu corazón y quemó los naipes con los que construiste castillos, tan bellos que harían llorar a las estrellas, esas que también te empeñaste en apagar. Esa persona que te exprimió hasta hacerte creer que las medias naranjas no eran más que invenciones, cuentos para ilusos, que volvió del revés tu tiempo y tu espacio, y se marchó dejando la ecuación sin resolver.


Ahora... ahora sé que soy libre, que te veo y lo único que queda de los sentimientos que un día te pertenecieron, es un dolor sordo, como un peso en el alma y en la conciencia, gritándome a mí misma lo estúpida que fui al creerte. Ahora sé que no necesito ninguna mitad, que soy una naranja entera, y como tal voy a ser feliz, empezando por perseguir algo más que ilusiones. Perseguiré algo más que al viento entre los árboles o a la inspiración en un viaje de autobús. Perseguiré mis sueños, y eso es lo único que me importa.

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