No sé que me pasa. No me reconozco. Supongo que ahora soy más yo, dejando que todos mis traumas y complejos salgan a la luz en vez de componer sonrisas que ni yo misma creía. Siempre pensé que era dos personas unidas en una, la alegre y la triste. Pero que la alegre no me correspondía, que era como una actriz interpretando su papel.
Pero... ¡joder! Mientras lo interpretaba lograba creerlo, tener una válvula de escape a lo que mi corazón me gritaba. Eres mierda, no vales nada, eres fea, te mereces todo lo malo que ha pasado.
Ahora sé que mi corazón era injusto, pero mi cabeza más. Uno me gritaba verdades, otro producía mentiras. Ahora que las verdades han llegado a ganar la batalla... ahora... ahora ya no sé como seguir. ¿Cómo se repara una inocencia perdida, rota y ajada por los acontecimientos?
¿Cómo se repara un corazón que con apenas una década de vida ha sufrido mucho más de lo que merecía? Creí ser feliz un tiempo, pero todo se esfumó como el humo.
Ahora soy yo. La yo que siempre he sido y que siempre escondí. A fin de cuentas la mente crea mentiras pasajeras. Las mentiras se desmontan con el tiempo, se olvidan. Las heridas del corazón no hay forma de borrarlas. Ahora puedo decir, con la cabeza bien alta, que esta soy yo, quien quiera aceptarme que lo haga y quien no que me olvide. No necesito que nadie me recuerde más mis defectos y mis desgracias, yo solita me basto.
Sólo sé que no sé nada, ni como salir de esto, ni quién me ayudará. Sé que saldré y si no... si no siempre quedarán los brazos de la muerte, reservados a los valientes que aceptan su destino.
Y ambos, muerte y humano, marcharon como amigos. No como sus hermanos a los cuales la muerte les arrebató la vida con brutalidad, él marchó con el alma tranquila, era su destino y juntos marcharon como iguales. Muerte y humano. Calma y revuelo. Descanso y cansancio. Paz y guerra.
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