Silencio. Oscuridad. Una luz artificial brillando por encima de mí. Pero no consigue iluminar los oscuros rincones que habitan en mi interior.
Esas ruinas olvidadas. Escondidas. Aquellas a las que visito de hurtadillas, por si acaso alguien me sigue y las descubre.
Por si acaso alguien descubre lo que ocultan, lo que oculto. Con el celo con el que una madre protege a sus hijos, con la fiereza con que una leona defendería su vida. Porque las ruinas son privadas. Y el dolor también. Y la oscuridad. Aquella que no ilumina nada, que lleva tantos años escondida, mirando el mundo con la desconfianza de quien guarda tempestades bajo un mar en calma.
Oh, tempestades, hacía mucho que no os visitaba.
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