Hacía tanto tiempo que no me permitía a mí misma ser feliz con mi única sombra como compañía, que casi había olvidado esa sensación. Por eso, al perderme por las calles de esta ciudad, sentí como la vida fluía a mi alrededor. Como un torrente de agua, incontrolable, salvaje, arrastrando todo a su paso. Sentí como la felicidad me invadía, como me desprendía de aquellos lastres emocionales que no me dejaban avanzar... el torrente los arrastró junto a su paso.
El torrente arrastró los meses de lágrimas, de promesas rotas, de sonrisas con los minutos contados, de felicidad por capítulos y tristeza por años. El torrente me limpió como una tormenta de verano. Curó las heridas más profundas, cicatrizó las que quedaban a medias, e hizo brotar en mi cara una sonrisa irrepimible, como el sol en verano, inevitable.
Fue entonces cuando me dí cuenta de lo estúpida que había sido todo este tiempo. De que no dependo de nadie para ser feliz. De que amarme a mí misma es la única manera de alcanzar la felicidad. De que las personas son eso, personas, y como tales fallan, mienten y hacen daño a aquellos a quienes dicen querer. Pero ahora... ahora la única persona que puede acabar conmigo, soy yo.
Y... ¿sabes de dónde brotó ese torrente? De mi interior. Únicamente de mí.
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